Sobre bancarrotas y finanzas públicas sanas

No es común que un “populista” y un miembro de la “mafia del poder” coincidan en sus posiciones como lo hicieron en los últimos días el presidente electo Andrés Manuel López Obrador y el secretario de hacienda José Antonio González Anaya. 

El primero, el 16 de septiembre, declaró que la situación en la que se encuentra el país es de “bancarrota”, mientras el segundo, nueve días después, informó que México cuenta con “finanzas públicas sanas”. Estas posiciones tan disímbolas coinciden en un punto: ambas faltan a la precisión en el lenguaje que sería de esperar de personas con autoridad.

Diversos comentaristas reprendieron velozmente el desliz de AMLO. Su argumento central fue que el término “bancarrota” tiene un significado bien definido y usarlo erróneamente muestra ignorancia y causa confusión. Para un país, la bancarrota significa, en sentido estricto, no poder hacer frente a sus obligaciones financieras, y esto no está ocurriendo. 

López Obrador, bajo esta perspectiva, faltó al rigor del lenguaje intentando decir lo que finalmente articuló un par de días después, que por bancarrota se refería a la pobreza, a la inseguridad y al fracaso de la política económica.

Las palabras importan y desvirtuarlas tiene costos. Una persona con influencia puede dar pie a malentendidos que pueden generar inestabilidad económica. Por ello es positivo que se hayan levantado voces para aclarar el asunto. Sin embargo, muchos de los ofendidos por la mala palabra de AMLO ignoran que para darle sentido al lenguaje debe considerarse su contexto. Ignorarlo es un error tanto o más grave que hablar sin apego al diccionario. 

El filósofo austriaco-británico Ludwig Wittgenstein planteó el asunto con la mayor rigurosidad hace 65 años. Las palabras no se entienden por su correspondencia directa con la realidad y la estructura lógica de la misma. El significado de una palabra o enunciado depende del contexto en el cual es usada. 

López Obrador pronunció la palabra “bancarrota” en el marco de en un mitin de su gira de agradecimiento por el resultado de la elección presidencial. Claramente, el presidente electo daba un mensaje político tratando de comunicarse con la gente que votó por él. El reconocimiento del entorno en el que el lenguaje fue usado debería atemperar el juicio que sobre sus declaraciones se ha hecho. 

Si no lo hiciéramos, entonces deberíamos condenar de forma fulminante al encargado de las finanzas públicas del país, González Anaya, por decir incorrectamente que tenemos “finanzas públicas sanas”.

La salud financiera comienza por gastar sólo lo que se tiene. Por supuesto que esto es flexible, pues un endeudamiento moderado utilizado de forma útil o productiva es parte de lo financieramente saludable. 

Sin embargo, en México, el gasto público ha sido persistentemente superior a los ingresos fiscales generando que la deuda pública pase de representar 36.4% del PIB en 2012 a 46.8% del PIB en 2017, aunque quizás lo más desafortunado es que este endeudamiento no se ha traducido en un mayor gasto en salud, educación o infraestructura como porcentaje del PIB.

Caracterizar un déficit financiero creciente y poco productivo como “finanzas públicas sanas” es cuando menos una imprecisión del secretario de hacienda, si no es que un engaño. Este uso irresponsable del lenguaje no se justifica en quien se supone mejor conoce las definiciones técnicas. 

Tan alarmados deberían estar los críticos de AMLO con el uso laxo de la palabra “bancarrota” que con el descuidado planteamiento de González Anaya de lo “saludable” que se encuentran las finanzas públicas. Éstas pueden considerarse en recuperación, estabilizadas o manejables, pero no sanas. No obstante, tampoco hay que ser intolerantes con su uso del lenguaje.

El planteamiento de que existen “finanzas públicas sanas” se dio en el contexto de la comparecencia del secretario de hacienda ante el Senado, con motivo de la glosa del sexto informe de gobierno del presidente Enrique Peña Nieto. Claramente, González Anaya también estaba enviando un mensaje político. Defendía al presidente Peña de haber manejado imprudentemente los recursos del país y de heredar una frágil situación económica a la siguiente administración. 

El problema con este mensaje es que se da ante una sociedad profundamente polarizada por las añejas diferencias económicas que las finanzas públicas han ayudado a preservar, por lo que es difícil que sea recibido con beneplácito.

En el futuro, habrá que denunciar el uso Humpty Dumpty de las palabras, donde un término puede significar cualquier cosa, pero también habrá que evitar la policía del lenguaje que pasa por alto los contextos en que las cosas son dichas. 

En la deliberación pública habrá que privilegiar la libertad de expresión, aunque con las debidas explicaciones de lo que se quiso decir. Eso, y concentrarnos más en los hechos que en las palabras, será fundamental.

 

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