Sufragar para sufragar

El asesinato de candidatos, la destrucción de oficinas de institutos electorales, la quema de boletas en distintas ciudades y otros hechos violentos para boicotear las elecciones de este domingo, independientemente de otros objetivos que puedan perseguir, son síntomas de la descomposición de un sistema .

El asesinato de candidatos, la destrucción de oficinas de institutos electorales, la quema de boletas en distintas ciudades y otros hechos violentos para boicotear las elecciones de este domingo, independientemente de otros objetivos que puedan perseguir, son síntomas de la descomposición de un sistema que llegó a generar una expectativa razonable de acercarnos a la democracia, así fuese solo en el ámbito electoral, pero que desde entonces ha ido retrocediendo hasta cambiar la esperanza por la frustración y el desánimo. Son actos intolerables, como intolerable es el propio sistema.

No hay que perder de vista que las elecciones son la arena en la que los actores políticos buscan el apoyo para obtener el respaldo popular que les permita alcanzar otros fines, entre ellos el obtener, conservar o recuperar las prebendas que el sistema asigna a los partidos y que los ciudadanos tenemos que pagar. ¿Sufragar votos para sufragar gastos? Sin duda.

Este domingo, sin embargo, el negocio se puede venir abajo. La abstención y los votos nulos darán cuenta del rechazo de la población a una democracia simulada que ha generado daños tan graves como la peor de las dictaduras.

Una empresa que vende poco debe preocuparse por la calidad de sus productos o por la publicidad que no trasmite el mensaje adecuado a los clientes. Ambas cosas tienen remedio. En cambio, si bajan las ventas de todas las empresas, el problema no tendrá solución en el corto plazo y lo que es peor, no estará en manos de cada una resolverlo. Ese es el mayor temor, mutatis mutandis, de los partidos y de todos aquellos cuyo modus vivendi depende de un sistema político que pasa por una gravísima crisis de credibilidad, que no se puede remediar sin un cambio radical del modelo.

Hoy, más que nunca, los candidatos y partidos piden que vayamos a votar este domingo, aunque no sea por ellos. El llamado a votar, como principal preocupación, denota esa crisis que ningún partido ni candidato puede resolver por sí solo. En ello, cabe apuntarlo, los costosos esfuerzos del Instituto Nacional Electoral serán del todo inútiles, pero igual tendremos que pagarlos. 

Sobra decir que el problema no está en las elecciones ni en la selección de los candidatos. Todos los partidos son tramposos y salvo muy escasas excepciones, los aspirantes no generan ninguna confianza. Los esfuerzos aislados de los pocos que se salvan no podrán rendir frutos en una sociedad descompuesta, desanimada y en buena medida cómplice de la situación. Y todo ello en una triste situación en la que las ideologías ya no cuentan. 

La derecha es egoísta por naturaleza. Su objetivo principal es mantener el status quo y cualquier modificación sistémica le representa un peligro que no está dispuesta a correr. Los únicos cambios que favorecen sus promotores en un modelo tan desigual, son para aumentar las diferencias y obtener ventajas todavía más grandes, sin reparar en que cada uno de sus logros, incrementa los riesgos. A la derecha le acomoda bien la corrupción.

La izquierda es la única opción moralmente correcta, más en una sociedad que siempre ha sido injusta, pero ha sido incapaz de armar una fuerza unida y coherente a diferencia de la derecha, que ha podido formar un frente común, con diferentes banderas, pero siempre al servicio del mismo patrón. A esas izquierdas les va bien la corrupción.

Los partidos que no se identifican con la derecha ni con la izquierda están todavía peor. Ni siquiera tienen esa gracia. Algunos se atreven a presumir que carecen de ideología, como si eso fuera válido en la política. Otros, en la más estúpida de las contradicciones, dicen que son ciudadanos y no políticos. Los votos que buscan no tienen otro objetivo que mantener un registro que les permita vender favores y seguir gozando de los dineros que el sistema les entrega. Son meros negocios y el producto más obvio de la corrupción.

La democracia es un sistema, dentro de un Estado de derecho, que permite al pueblo decidir la mejor opción para su gobierno, pero para ello debe ser capaz de generar opciones razonables. De lo contrario, no puede haber democracia ni Estado de derecho. 

Quienes rechazan la posibilidad de la abstención o la anulación del voto, como formas legítimas de participación y expresión ciudadanas, argumentan que tales conductas favorecerán a los partidos pequeños para conservar su registro y a los grandes para tener más diputados. Finalmente está la tragicómica opción de votar por el menos malo, que no merece mayores comentarios.

No me convencen aquellos argumentos. No se trata de apoyar una opción ni de dañar a otra, sino de manifestarse en contra del sistema. La abstención y la anulación del voto van en ese sentido. Son, más que nada, acciones de protesta frente a un modelo que no da para más y así tendrán que ser entendidas, independientemente de los daños colaterales que puedan generar. ¿Qué es mejor, abstenerse o anular? Lo decidiré de aquí al domingo.