La reforma fiscal del 2022 (II)

En la reforma fiscal venidera, debe imperar el pragmatismo para verdaderamente elevar la recaudación y, así, poder redistribuir la riqueza vía el gasto.

En mi entrega pasada argumenté que era necesario comenzar a discutir la reforma fiscal que el Presidente seguramente propondrá después de las elecciones intermedias.

Asimismo, sostuve que veía difícil que se propusiera una antes de eso, pues las elecciones intermedias ya estarían muy cerca. El paquete para el 2020 y para el 2021 tendrán que contener importantes ajustes del lado del gasto, en vista de la inminente desaceleración mundial.

Permítame recordar que hace 15 días revisé las posibilidades recaudatorias de los impuestos directos: el ISR personas físicas (ISRPF) y personas morales (ISRPM).

Concluí ahí que en ambos casos la recaudación adicional sería muy limitada. El primero porque existe una informalidad estructural (que por naturaleza tardaría una generación en reducirla, si es que se propusiera un esquema efectivo y de largo plazo); y, el segundo, porque la inmersión del país en el mundo no permite una subida de tasas en éste. En este último caso, se podría eliminar algunos regímenes especiales y más bien, debería de atacarse la evasión.

Dicho esto, es necesario recordar que el país necesita recaudar más en una dimensión de al menos dos puntos porcentuales como proporción del PIB. Y en un futuro, otra cantidad igual, pero eso será ya otra cuestión.

Con esto en mente, nos quedan pocas opciones.

 

Es necesario recordar que el país necesita recaudar más en una dimensión de al menos dos puntos porcentuales como proporción del PIB. Y en un futuro, otra cantidad igual, pero eso será ya otra cuestión

 

Comencemos con el impuesto a la herencia, que encaja muy bien dentro del discurso de la 4T. Este impuesto se aplica en muchos países de primer mundo y en algunos de América Latina. El impuesto varía de acuerdo al grado de parentesco, también puede ser progresivo, y generalmente se da a partir de un monto (en EU, por ejemplo, es a partir de una herencia de 11 millones de dólares, aunque en el Reino Unido es a partir de 1 millón de libras esterlinas).

Sin embargo, la recaudación por este impuesto es muy baja. El promedio en los países avanzados es de 0.25% del PIB. Peor aún, el impuesto ha sido regresivo pues el famoso top 1% lo eluden mediante la creación de fideicomisos, fondos, donativos disfrazados, y un largo etcétera. En un país como México, mi estimación es que si acaso daría el 0.1% del PIB como recaudación. Si bien es algo, y todo suma, claramente es insuficiente.

En el mismo caso se encuentra el impuesto a la riqueza. En general, en el mundo las personas físicas de altos ingresos, abren fideicomisos para eludirlo. Al final, termina impactando a clases medias, quienes como he insistido, son los que sostienen en su mayor parte a la hacienda federal. Si se introduce a partir de cierta riqueza, y dirigida a los estratos más altos, creo que la recaudación sería mínima y raquítica.

Pasemos a un impuesto a las transacciones financieras, éste ha sido introducido en varios países de América Latina, con algo de éxito recaudatorio. Sin embargo, ha inducido a una baja en la inclusión financiera, pues la gente trata de eludirlo. Hay variedades en lo que respecta a este impuesto. En México se introdujo el impuesto a los depósitos en efectivo, que tenía como objetivo gravar parcialmente la informalidad. A la postre, la gente lo eludió vía el abandono de esta actividad financiera.

Otro que ha sido mencionado en la rumorología, es el impuesto a la renta imputada. Este consiste en gravar como ingreso la renta que uno deja de pagar, cuando uno es dueño de la vivienda que habita. Es decir, considera la renta imputada como un ingreso, y por ende sujeto a gravamen.

La implementación de este impuesto no es fácil pues los registros de la propiedad son de orden estatal y todavía falta que se coordinen entre sí. Podría imponerse a nivel estatal, pero esto no arrojaría recursos al orden federal, por lo que de hacerlo, se debería transferir responsabilidades de gasto a los estados.

Otro problema que enfrenta la introducción de este último es que desincentivaría la compra de inmuebles y dañaría al sector inmobiliario. En adición, el impuesto predial puede (y de hecho lo es) funcionar como un sustituto. Entonces, lo que opera es mejorar la recaudación del predial.

Una alternativa fuertemente mencionada, es incrementar aún más los IEPS. Estos incluyen a la gasolina, a la comida chatarra, y a los productos “pecado” como el alcohol, tabaco y ahora marihuana. El asunto con éstos, es que ya son altos de por sí (excepto el de la gasolina, que tiene todavía margen cuando se le compara con el óptimo), por lo que para que realmente sean recaudatorios, se tendrían que elevar fuertemente, con los consecuentes daños a las respectivas industrias.

Como se puede observar, realmente el único instrumento con el potencial recaudatorio suficiente es el impuesto al consumo. Este es un impuesto muy controvertido que ha sido satanizado desde el sexenio del presidente Fox.

Este tributo, hay que decirlo, es regresivo, es decir, le pega proporcionalmente más a los estratos más bajos que a los más altos. Por ello, es muy rechazado. Con un gobierno como el de la 4T la recaudación de éste podría usarse para redistribuir el ingreso (no quiero meterme a los métodos, solo a este hecho), con lo que más que compensaría la regresividad que por naturaleza tiene el IVA.

Hay varias ventajas sobre este impuesto. En principio, es de los más fáciles de recaudar; segundo, ayuda a gravar a la informalidad; tercero, cuenta con poder recaudatorio.

 

Con un gobierno como el de la 4T la recaudación del impuesto al consumo podría usarse para redistribuir el ingreso, con lo que más que compensaría la regresividad que por naturaleza tiene el IVA

 

La alternativa no necesariamente tiene que ser eliminar la tasa cero de alimentos y medicinas; también podría simplemente permanecer como está, pero elevando la tasa actual de 16% a 18%, dejando alimentos y medicinas con tasa cero.

En suma, México necesita una reforma fiscal que a la vez de ordenar las finanzas públicas genere los recursos que requiere para poder desarrollar al país . La música puede sonar muy bien a los oídos con determinadas características de los impuestos, pero debe imperar el pragmatismo para verdaderamente elevar la recaudación y así, poder redistribuir la riqueza vía el gasto.

No reconocer las limitaciones de cada impuesto dadas nuestras idiosincrasias, y realizar una reforma donde “todo, aunque sea poquito, suma” puede incluso hacer más compleja nuestra política tributaria sin traer los resultados esperados (solo recuerde la de 2014). No hay muchos instrumentos.