Incertidumbre: la -única- enemiga de la inversión

Hay un viejo adagio que versa sobre el papel de un gobierno en materia de promoción de inversión privada, y dice así: para promocionar la inversión el estado solo tiene que generar certidumbre, lo demás vendrá solito.

Si bien puede ser reduccionista, es importante revisar cómo se genera certidumbre. Acá hay dos arenas: la política y la económica. Dentro de la segunda las señales se convierten en esenciales. Permítaseme el uso de una ilustración para argumentarlo.  

Suponga que ud es un inversionista que quiere abrir un negocio (es decir, invertir todos sus ahorros) para con ello, hacer una vida digna. Lo primero es que hará una simple evaluación de proyecto donde medirá, en un ambiente incierto que es el futuro, los posibles beneficios y sus respectivos costos. Al final si los beneficios esperados sobrepasan a los costos (ambos descontados) entonces ud invierte. Recuerde que esto es solo una estimación, y los resultados siempre serán inciertos.

Esta incertidumbre tiene dos fuentes: la interna y la externa. Dentro de la primera, se encuentra factores de la propia industria en las que nada del entorno macro o político tiene que ver. Por ejemplo, que el inversionista sobreestimó la demanda, o que en medio de la vida del proyecto salió un nuevo producto competidor de nuestro, o incluso una mala administración, entre un sinfín de posibilidades.

Por su parte el factor externo al proyecto es obviamente aquél ajeno a la actuación del inversionista. Y es aquí donde surge lo que un gobierno puede hacer para reducir el riesgo a los inversionistas. Así, el papel de los gobiernos es evitar generar una elevación abrupta de la inflación, o una recesión económica “hecha en casa”, una crisis política o financiera, un cambio abrupto de una política fiscal desfavorable, una baja en la confianza del consumidor nacional, etc. Todas estas le generan choques negativos a los inversionistas (insisto la mayor parte de ellos se juegan a diario todos sus ahorros y capital, no se debe pensar que todos ellos son “grandes”).

 

Por ello, el gobierno debe mandar señales que generen al menos cierta certidumbre de que ello no ocurrirá. Pero éstas deben además ser consistentes en todas sus vertientes: consistentes entre variables (no se pude decir que se busca una inflación baja con una política monetaria laxa, por ejemplo), consistente en el tiempo (no se puede un día decir que se quiere promover inversión privada y después anunciar, por ejemplo, expropiaciones), consistente entre los anuncios y los hechos, entre muchas otras.

En suma, se sabe que para promover la inversión privada es, pues, necesario un estado de derecho efectivo, una razonable política fiscal, un entorno macroeconómico estable, baja incidencia delictiva, entre otras, pero igualmente importante para un inversionista es la certidumbre de que las variables anteriores serán salvaguardadas; y es aquí donde entra el manejo de las expectativas.

Por ello, una buena parte de la chamba de las autoridades de un país es precisamente el manejo de las expectativas (Alan Greenspan se convirtió en un referente en este sentido). Es necesario que nuestro presidente entienda y escuche a su muy competente equipo económico, quienes entienden esto a la perfección y lo han intentado realizar diligentemente. Infortunadamente el presidente los desdice públicamente, echando a perder esta parte tan importante y delicada que es el manejo de expectativas.

Se vale una corrección, pero no puede ser pública, porque deteriora las expectativas de los inversionistas, y con ello, genera incertidumbre, la que como apunta el título de esta columna, es la única enemiga de la inversión, la que de por sí está en “modo de espera” en nuestro país.

El presidente debe entender que la certidumbre y manejo de expectativas no está peleada con el proyecto de la 4T, por el contrario, bien manejada puede resultar complementaria y lo puede incluso fortalecer. Ojalá lo haga pronto, porque las expectativas son caprichosas: una vez que se pierden es muy difícil recuperarlas. Si esto sucede (deteriorar las expectativas) no podrá entonces cumplir su muy loable deseo expresado la noche de la elección en el zócalo: pasar a la historia como un buen presidente.