Cinetlán

Amamos tanto a Forky

No deja de ser extraño que Toy Story 4 que está haciendo una crítica contra los juguetes de línea y pondera el rehúso, cree un juguete de línea, de fábrica, de un juguete cuya esencia es el reciclaje.

Dedicado a mi amigo de Twitter Joel Meza @joelvsMonstruos quién me dio la idea de este ensayo. 

 

El personaje Forky de Toy Story 4 es un ser paradojal.

Es una manualidad fabricada en el Jardín de Niños con materiales baratos. El juguete mismo sufre una crisis de identidad, él se considera a sí mismo basura y porfía por terminar en el cesto más a mano. Y podría considerarse basura en efecto, es donde termina un alto porcentaje de estas manualidades. Pero su valor como juguete lo establece en realidad Bonnie, la niña que lo fabricó y la comunidad de juguetes que le dan un lugar como tal. Es una metáfora sobre el valor, y podría implicarse además la teoría del juego. El valor emocional le da alto valor económico por ejemplo, y la comunidad sanciona esa valoración. 

El juego en nuestro mundo contemporáneo es una fuerza económica impresionante y no hablo solo de la industria del juguete: ganar un campeonato de futbol puede parecer algo muy poco importante para los millones de personas a las que no les gusta ni les importa un pepino el futbol. Pero hay que ser muy ingenuo para suponer que ganar una Champions, carece de importancia en nuestro mundo. Según una estadística de la FIFA, el 5% de la población mundial vive del futbol, ergo de un juego (hablamos de millones de personas).    

En términos emocionales, Forky manufacturado a mano con extrema simplicidad, al grado que cualquiera puede producirlo, termina siendo un juguete valioso. Pero lo paradojal no termina ahí. Resulta que sacaron una línea de juguetes Forky de alto costo (ya hay Lego). ¿Por qué pagar caro algo que se puede fabricar en casa, con materiales cuyo costo en una papelería mercería no debe superar los 20 pesos? No obstante en México ya es el juguete más vendido de Toy Story 4...porque México.

Pero centrándonos en la película y en Pixar ¿Es una burla? ¿O de qué se trata? Es el discurso perfecto de la transmodernidad y la posverdad, el estado de las cosas actuales

No deja de ser extraño que la propia película que está haciendo una crítica contra los juguetes de línea, y pondera el rehúso, cree un juguete de línea, de fábrica, de un juguete cuya esencia es el reciclaje, que valiendo dos pesos se transforma en una mercancía de lujo. El ser humano es un ser extraño.

Quizá les pasó o quizá no, pero una vez los Reyes Magos dejaron en casa una cocineta de muñecas cuyo armado con instructivo en mano fue una verdadera pesadilla de ensamble. Y tras una noche de esas de compras nocturnas, desvelada de Reyes Magos incluida y ensamble infernal, al amanecer las niñas se pusieron a jugar con la caja de cartón de la cocineta. Metieron al perro y lo pasearon por toda la casa, y luego se metieron ellas y aquello parecía no tener fin. Era más valorada una gran caja de cartón como juguete en sí que la cocineta de plástico que costó una fortuna. Los Reyes Magos sentían deseos de patear la cocineta hasta devolverle su estatus de plástico de reciclaje.  Ese es el proceso inverso, al final casi todos los juguetes terminan vueltos basura, el previsible destino de Woody, que se transforma al final en un juguete perdido.

Pero la basura de unos es el tesoro de otros. De ahí la metáfora de la siniestra muñeca Gabby Gabby, juguete perdido que encuentra a una niña perdida, literalmente. Aparece aquí la muy vieja discusión sobre valor y subjetivismo, en la que es muy fácil caer. Pero no hay nada subjetivo en el hecho de que un juguete basura adquiera un costo de mercado superior a los 1,000 pesos. Subjetivamente no lo puedes comprar por menos. Me encantaría escuchar a un subjetivista regateando en Palacio de Hierro.     

Que la basura pueda adquirir ese valor emocional y por lo tanto económico, es cosa de todos los días en las artes contemporáneas.

Hace algunos años fui a la Galería Kurimanzzuto a ver una peculiar exposición de Gabriel Orozco: un OXXO. Podría suponerse que era un OXXO intervenido pero no, era un OXXO normal, jamás iban a ver la segunda caja abierta. Lo que estaba intervenido eran algunos artículos del OXXO. Orozco les puso sus pegatinas, unas calcomanías de bolitas multicolores. Equivalente a una manualidad del kínder. 

Detrás del OXXO había una barra que rodeaba un gran salón en donde se exponían los artículos. Eran productos de venta en el OXXO, pero algunos ya utilizados, es decir, en estado basura. Por ejemplo, había una bolsa de papas fritas de la marca Sabritas, abierta y sin papas (probablemente Orozco se las comió), pero con sus pegatinas. Este producto costaba 15,000 dólares o más (no recuerdo la cifra exacta pero era exorbitante). Y cada producto costaba lo mismo. Había una Coca Cola de pet a medio tomar, cajas de cigarros sin cigarros, o las envolturas de celofán de las cajas de cigarros… pero con pegatinas. Y cada envoltura vacía costaba 15,000 dólares, o sea unos trescientos mil pesos. Creo que mi juicio estético estaba muy atrofiado porque pese a la galería y a Orozco y a Juan Villoro, yo realmente solo veía un montón de basura. 

Me imaginé comprando la bolsita de papas fritas, y luego que con buen juicio cualquier día de la semana, en el aseo cotidiano, la señora de la limpieza mandara los 15,000 dólares al bote de la basura. Mejor me lo ahorré. ¡Perdóname Orozco! Aunque sí compré unas barritas y un refresco en el OROXXO.  

Además se me ocurren mejores usos para esa cantidad de dinero. Como ir a un juego de Champions. Pero así es el arte, un Forky cualquier día de la semana se transforma en una pieza de 15,000 dólares. O emocionalmente, producto de la fantasía infantil, en una pieza tan invaluable y emocionante como una caja de cartón grande. Porque al final el valor es un asunto humano, e inexorablemente, con criterios subjetivos u objetivos, está en nosotros. ¡Y amamos tanto a Forky!  

 

ADENDA

Industria del juguete, basura y protesta política se encuentran mezclados en la exposición de Ai WeiWei en el MUAC de la UNAM.

Los rostros de los 43 de Ayotzinapa tapizan los enormes muros del salón principal, creados con piezas de Lego. Lego Ayotzinapa. Lejos de ser un juego es la pervivencia en la memoria de uno de los hechos más trágicos, más tristes, más vergonzosos del último sexenio priísta. El Lego pierde su calidad de mercancía trasnacional en el contexto de la poderosa industria del juguete para ensamblar el rostro de la ignominia. Al entrar al salón lo recibe a uno la estructura de una vieja casa china, que Ai WeiWei compró en estado de ruina. Lista para la basura, se transforma en el testimonio del pasado destruido de una gloriosa civilización, que yace en ruinas, por vías de un régimen totalitario que en el maremágnum comunistacapitalista ha subsumido un pasado memorable. Ai WeiWei reestablece la memoria. 

Otra curiosidad de la exposición son una colección de tazas, que son réplicas exactas en todo -en materiales, en técnica, en forma- de originales que fueron vendidas en subastas internacionales por cientos de miles de dólares. Son falsos originales, muy ad hoc a los tiempos que corren. Es como un Lego, es original y falso a la vez, creativo y mercantil. Pero la protesta política de Ai WeiWei es genuina y poderosa. Su notable documental “Marea humana” que presenta el drama universal de la migración -y en el que destacaría un ejemplar uso de los drones y de los planos largos o long shots- nos pone frente a los procesos de deshumanización de los tiempos que corren, un discurso a la vez humanista y crítico. Y eso permea también en el salón principal del MUAC. Ai WeiWei transmuta el valor económico en valor político, no es un arte fetichista de objetos de valor suntuario, sino un arte de objetos que gritan, que escupen, que protestan, que te obligan a repensar la realidad. Y lo hace en parte con objetos extraídos de la basura, del desperdicio.