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AMLO vs las calificadoras fifís. Economía Aluxe descalificada

El único freno que tiene López Obrador en su política económica es el mercado, en un sentido amplio.

López Obrador muchas veces vive en una Economía Aluxe. En dicho territorio llegó la luz hace casi 100 días, tras largas década de oscuridad y terror neoliberal.

El amanecer llegó con su persona y gobierno: una administración, por fin, trabajando para el pueblo, eficaz en sus decisiones e impoluta en sus manejos administrativos (la corrupción ya no es aceptable para el Presidente, y por lo tanto para efectos prácticos ha dejado de existir). Sus narrativas mañaneras son sobre un hermoso cuento en que habitan esos Aluxe cuando se refiere a su gobierno, uno de miedo al hablar sobre aquellos que le precedieron.

 

El eficaz freno del mercado

El único freno que tiene López Obrador en su política económica es el mercado, en un sentido amplio: consumidores, productores, ahorradores e inversionistas, en lo individual, empresarial, o en representación de un colectivo (como puede ser un fondo de pensiones).

Para efectos prácticos, no existe el Poder Legislativo, pues su contrapeso es risible (como en la época de mayor esplendor del priato). Partes del Poder Judicial ya son obsequiosas con El Señor Presidente (con mayúsculas) como lo muestra la posibilidad de que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación resucite al Partido Encuentro Social (PES), que fue parte de la coalición que catapultó a AMLO a Palacio Nacional. De la terna presidencial para la Suprema Corte de Justicia mejor ni hablar.

Las instituciones con elevado grado de autonomía, por otra parte, se están viendo minadas desde Palacio Nacional, como lo muestra claramente el caso de la Comisión Reguladora de Energía. La llamada austeridad (falsa, al gastarse el dinero en otros renglones como refinería o tren maya) ha servido también para presionar y apretar. Los gobernadores han sido, precisamente, arrinconados con el enorme poder de la chequera federal.

De ahí la enorme relevancia del mercado, contra el cual se han estrellado todos los autoritarios que creyeron podían mandar sobre la economía como lo hacían en el terreno político o social. Porque nadie está peleado con su dinero: el productor deja de ofrecer su mercancía cuando se le impone un precio que implica pérdidas, el consumidor busca el mejor producto, aunque sea ilegal o de contrabando.

Los autoritarios anti-mercado han acabado, invariablemente, empobreciendo a una población a la que ofrecieron mayor bienestar. Por ello más de un autoritario ha tenido que terminar imponiéndose descaradamente como dictador. El ejemplo más reciente es Venezuela, uno de muchos.

 

Calificadoras fifís

Como parte de ese amplio universo del mercado entran las calificadoras internacionales de riesgo, fuera del alcance o siquiera influencia del gobierno mexicano. Pemex ha sido la causa una serie de cambios de perspectiva (de estable a negativa) e incluso de calificación (en el caso de la propia petrolera, por parte de Fitch Ratings, ahora ampliamente conocida como Fifítch).

Si algo muestra la forma en que una estrategia estatista choca con la realidad presupuestal es la reacción de esas calificadoras ante la obsesión energética del presidente López Obrador.

Porque quiere producir mucho más crudo y dejar de importar gasolinas. Porque cree que invirtiendo mucho en aguas someras podrá lograr el milagro que eludió a sus predecesores, desde Fox hasta Peña Nieto: aumentar tanto reservas probadas como la cantidad de crudo manando de los pozos. Porque supone que puede construir una refinería en forma barata y rápida, aparte de reconfigurar con enorme rapidez (y a bajo costo) las ya existentes.

Los dos planes nacionales presentados en diciembre, de Hidrocarburos y de Refinación, son un listado de aspiraciones sin sustento en la realidad. El problema es que se trata de aspiraciones extremadamente costosas, al tiempo que Pemex es la petrolera más endeudada del mundo (debe unos 106 mil millones de dólares), con un aparato ineficiente y corrupto, amén de una carga de pensiones que lastra la empresa.

Pretender resucitar ese cadáver (más bien un zombi) es, literalmente, tirar dinero en un agujero tan negro como el petróleo.

Un dinero que tendrá que venir del Gobierno Federal, sea recortando impuestos a Pemex, inyectando capital a la empresa, o bien absorbiendo parte de su deuda para que pueda emitir más. Sea como sea, debilitando las finanzas públicas. AMLO ha declarado una y otra vez, de hecho, que su gobierno se cuelga ese lastre. La reacción de las calificadoras era por completo previsible.

 

Juntos haremos histeria

Como ha sido previsible la reacción del Presidente y sus allegados. La respuesta más fantasiosa ha sido la del propio titular del Ejecutivo, quien consideró que las calificadoras están castigando a su gobierno por lo hecho en esa terrorífica era neoliberal. No sabe, o no quiere entender, que se califica la capacidad de pago futura, no el desempeño pasado.

Otra parte de la histeria colectiva ha sido cuestionar que las calificadoras nunca evaluaron la corrupción de Pemex. Un factor importante, sin duda alguna, pero irrelevante a menos de que impacte seriamente la capacidad de pago de deuda. Esto aparte de que el gobierno obradorista parece creer la fantasía de que esa enorme corrupción ya se desvaneció como por arte de magia.

La cereza del pastel ha sido la iniciativa de algún legislador de Morena proponiendo que exista legalmente la forma de impedir a las calificadoras hacer su trabajo. Es cómico, dado que la deuda externa de Pemex se rige bajo la ley de Nueva York, y las calificadoras son estadounidenses. Pero siquiera entorpecer esa labor llevaría a que sector público y privado mexicano tuvieran dificultades para colocar deuda. Sería un formidable balazo en el pie.

Quizá con el tiempo el gobierno aprenda esa dura lección de que no se puede ignorar a los mercados en general y las calificadoras en particular. El precio a pagar de dicha arrogancia o ignorancia es astronómico, y sería pagado por todos aquellos para los que se busca mayor bienestar.

Es la paradoja que siempre han enfrentado los autoritarios que creen que pueden dictar sobre las fuerzas económicas. Los referentes mexicanos todavía están en la memoria de millones: los anti-neoliberales Luis Echeverría y José López Portillo.

 

@econokafka